…si lo que es más preciado se esconde y lo más vil se deja expuesto,
¿acaso no es evidente que la sabiduría que se prohíbe ocultar es más vil que la locura que se manda esconder?
Erasmo, Elogio de la Locura
Mostrando entradas con la etiqueta barcos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta barcos. Mostrar todas las entradas

31 mar 2014

Quién te ha visto y quién te ve


He aquí uno de mis compañeros en un viaje reciente. 


La cara más amistosa que veíamos al asomarnos por las mañanas o antes de volver al encierro nocturno.



Su cara me suena. Estoy segura de que se parece a un personaje de algún dibujito animado, algún dinosaurio o lagarto porque eso es lo que es (no cabe duda). Pero no sé cuál.
Espero que no sea él mismo y que haya tenido que aceptar este otro trabajo una vez que el programa se canceló.




Ya lo sé: es un poco tremendo mi estado últimamente; me comunico más con las cosas que con la gente.



6 ene 2013

Río de la Plata


No sé si hace 20 o 25 desde la última vez que lo hice, pero seguro que fue hace mucho tiempo. Hoy voy a repetir la experiencia tan común para los navegantes de mi familia: cruzar el Río de la Plata en velero. 

Son unas 7 horas de viaje, si uno tiene suerte y buen tiempo. No habrá tormentas, dicen también los expertos meteorólogos, pero parece que no habrá tampoco una gota de viento. Y mucho calor.

No sé qué me preocupa más, si calcinarnos bajo el inmisericorde sol  del verano o tener a toda la familia junta a bordo de los hospitalarios 9 metros de eslora del barco de mi padre.

Adiós Buenos Aires (aunque esto debe ser Olivos)
Elijo esta foto inclinada para recordar el otro temor del viaje: los entrañables mareos.

¡Pero por supuesto que la experiencia valdrá la pena!
(Agregado imprescindible para que mis padres no se ofendan)

Además al final del viaje llegaremos a tierra firme y florida (if the Force is with us)





9 dic 2012

Correcciones meteorológicas


Hay quien busca maridos parecidos a los propios padres. O quizás no es que los busca, sino que los encuentra. En el caso de buenos padres y buenos maridos esa semejanza debería ser una señal de orgullo, quiero decir, ser tomada como un cumplido por los involucrados.

Yo entro en ese grupo, sin duda. Mi padre y mi marido tienen bastantes cosas en común. En algunas cosas mi marido puede ser una versión mejorada; en otras, una especie totalmente diferente de mi padre. Lo cual está muy bien, porque cada uno es muy bueno en sí mismo.

Todo esto para decir que mi padre me ha corregido las apreciaciones del post anterior y me manda fotos más precisas de lo que serían verdaderos pamperos en el río. 


Así, esta foto previa y la siguiente son de un frente tormentoso que atravesaron en un cruce a Colonia, Uruguay. Que sin duda es mucho más atemorizante que el de las imágenes publicadas antes.



Y este que viene ahora, sí es un pampero, me dice. 



Es en la costa uruguaya, puerto de Sauce, cerca de las 10 de la mañana. 



Por suerte estaban al reparo y bien fondeados y no en medio del río cuando pasó esta tormenta.

No sé qué habrá pasado entre la mañana que se ve allí y la noche, pero lo genial es que parece que a eso de las 8 PM, el cielo se veía espectacular.



Un gran atardecer bien vale un pampero, podría decir Enrique de Navarra, ¿no?




3 dic 2012

Meteorologías


El amigo luciérnago José C. Vales anduvo por Roma y, entre otras cosas, trajo noticias de un poeta y geógrafo antiguo que enseño señales  certeras para predecir la lluvia, como se puede ver en su post.

Después de leerlo, me acordé de que yo había mandado a mi fotógrafo oficial en viaje de exploración y me había traído estas fotos más que aceptables del tan conocido, por estas tierras, cigarro del Pampero. 


Son en medio del Río de la Plata en camino de Buenos Aires a Montevideo.



El pampero es un viento muy fuerte que sopla desde el sur y que puede hacer destrozos en la pampa y la costa del río. Puede venir acompañado de mucha lluvia o ser una tormenta seca, de viento solo. Esa nube alargada y algo amenazante que se ve en las fotos anuncia el pampero. La llamamos cigarro, por obvias razones de forma buen gusto...

Estar en un velero cuando viene un pampero no es de las más soñadas experiencias para quienes no somos masoquistas... Pero a veces pasa la nube y no pasa nada, como sucedió esta vez en la que sólo vino para salir en la foto, creo yo.



Lo cierto es que este cigarro de pampero no fue muy temible, lo peor de lo peor es cuando se hace de noche en pleno día y la nube alargada viene hacia nosotros con un color gris oscuro.

Pero nada de eso pasó esta vez. Sabido es que las señales incontrovertibles con frecuencia nos engañan, o simplemente nos burlan.


Esta es genial ¿no?


Fotos: Diego Landro


Fe de erratas: unas correcciones, aquí.

29 may 2011

...que es mi dios la libertad


Íbamos a ver la salida de la Fragata Libertad desde el río. Como todos los años, ayer partía para su viaje anual de instrucción (cada vez los viajes son más cortos pero esa es otra historia). Mis padres habían estado allí en otras salidas y sus relatos nos tentaron.

Todos a bordo entonces en la mañana del sábado para llegar a tiempo desde San Isidro a Puerto Nuevo, a la altura del centro de Buenos Aires. Calculábamos unas dos o tres horas de viaje.

foto Telam
Por la tarde, el diario La Nación tituló que “Zarpó la Fragata Libertad y dejó una estela de emociones”. Frase cursi, por cierto, pero especialmente incomprobable, al menos para nosotros. Ni siquiera podemos contrastarla con otra conjunción de palabras menos trillada o más elegante y precisa, tal vez . 

¿De qué manera podríamos decir que partió la Fragata Libertad? ¿Qué dejó? ¿Cómo lo hizo? ¡Quién sabe!



Por estas cosas que tiene el Río de la Plata –especialmente su lecho de barro y las consabidas fluctuaciones en la altura de sus aguas nunca demasiado profundas– el barco de mi padre quedó detenido antes de la primera hora de viaje. Varado, indefectiblemente varado. De libertad, nada de nada.

Consolaba saber que no éramos los únicos, alrededor iban cayendo como moscas más y más compañeros de desdichas que no podían avanzar por los escasos 1,5 / 1,3 metros que tenía el nivel del agua por esa zona.


Al principio, pensamos que la marea cambiaría en poco tiempo (que no moriríamos frente a las costas de Olivos, como temía Cande, nuestra hija menor, con su notable espíritu "aventurero") y que en una hora estaríamos siguiendo nuestro rumbo al oeste. Pero no, la pleamar se tomó su tiempo. 



Casi cinco horas estuvimos allí. Viendo este paisaje. Una y otra vez. Lo bueno es que las nubes cambian y los barcos que calaban menos, los windsurfistas y las lanchas pasaban para entretenernos. No fue tan terrible: teníamos comida, el día estaba agradable y, a pesar del espacio reducido, la convivencia familiar fue llevadera.




Pero la Fragata Libertad, claro está, zarpó sin esperarnos.

Por suerte, Cande nos hizo un dibujo (en el revés de la caja que transportó la comida). No creo que otra fragata pueda haber sido más linda.

La fragata, según lo que Cande esperaba ver.

Pero ella misma votó por la de su padre, que le mostró las velas cuadradas que veríamos (todavía había esperanzas en ese momento), las copió enseguida con más gracia.

A la derecha, la fragata de Diego, la crítica de Cande y sus dos versiones posteriores.

Ah, y ésta soy yo...

¡Ja!

14 sept 2010

...los que de un flaco leño se confían


Viendo fotos viejas, que mi madre guarda con desastroso celo, me puse a pensar cuántos barcos estuvieron dando vueltas por la vida de mi familia.

En un principio habrá habido barcos que trajeron a mis bisabuelos o tatarabuelos desde Europa hasta aquí. Pero de eso no hay registro fotográfico, al menos que yo sepa. 

Luego están los barcos de los viajes de placer. 

(Mis abuelos maternos y mi tía, 1938)






Me encantan esas fotos por la elegancia que transmiten y que yo agrando en mi imaginación porque no logro comprender del todo cómo será eso de pasarse varios días o hasta un par de semanas a bordo de un barco-hotel (y eso que de chica vi todos los capítulos del Crucero del Amor, pero por suerte esos barcos de mis abuelos no se le parecen).

Los únicos "cruceros" que yo hice fueron en veleros de no más de 9 metros de eslora.


Muy deportivo,


lleno de aventuras,


 en contacto directo con la naturaleza...


e incomodísimo, si quieren mi sincera opinión.


Y eso que ni menciono el "olor a barco" que me da náuseas desde que tengo uso de razón...



Los destinos eran tan esplendorosos como el Delta del Paraná, 

(Amarrado al muelle de este recreo del Delta y casi tapado por él, está el Corsario II, nuestro primer velero.)

o la costa de Uruguay.

(Colonia, Uruguay, el protagonista de esta foto es Cacho, nuestro perro más feo y más querido)


Envidio a mis padres que lo pasan genial en esos viajes que siguen haciendo juntos, descubriendo o redescubriendo lugares increíbles.


Me encantaría que no me incomodara la incomodidad, pero es como pedirle peras al olmo.

No digo que no pueda disfrutar momentos náuticos, que sí lo hago y entiendo bien el gesto de plenitud de mi abuela paterna en esta foto, posando como diva de los años dorados del cine.


Es que las velas, el viento y el agua, cuando están mansos –y a una no la hacen trabajar– son puro placer. Pero la vida en un barco pequeño, bueno... ¡eso ya es otra cosa!






Mi hermano, este verano europeo, también estuvo de crucero. Ya más adulto y con más comprensión del mundo de lo que aquí mostraba, o eso espero...

Un crucero que iba de San Petersburgo a Moscú o viceversa, que es lo mismo. Total, la cosa es que hizo varias veces el viaje, porque tampoco logró ir completamente de pasajero como iban nuestros abuelos. Él y su mujer, pianista, fueron contratados, ¿se ofenderán si digo "como número vivo"? no sé, mejor no lo digo. Fueron como artistas, entonces, para que él cante y ella acompañe con el piano, amenizando las veladas de los pasajeros que sí pagaron su boleto.





Nosotros creo que los últimos viajes en "barco" pagado (es decir no en el Inquieto, el tercer hijo de mi padre) fueron éstos.

(en Mendoza, Argentina)

(en Florianopolis, Brasil)

No compiten en glamour con los viajes de mis abuelos, me temo.

3 jul 2010

Rota barquilla mía

Hay fobias para todos los gustos. Conozco –más que bien– a algún hombre valiente y práctico que pierde toda compostura ante la aparición de una cucaracha o insecto semejante. Todos sabemos también de alquien que no puede subirse a un avión. Sin hablar ya de casos extremos como aquellos a quienes les resulta imposible salir de sus casas. O ejemplos ridículos como los que no pueden aguantar ver unos cordones desatados. 

Claro, niveles hay muchos, y desde ya que estoy mezclando simples miedos o desagrados con impedimentos patológicos... Todo para contar cuál es mi propia fobia personal (en respuesta a posibles objeciones de algunas personas cercanas que podrían osar decir con tono burlón "¿sólo UNA?" aclaro que los demás son miedos racionales, objetivos y absolutamente necesarios; que no todos los compartan, habla únicamente de su ignorancia y descuido).

El paseo del último sábado por el río Luján, me deparó –además de casas señoriales, clubes de remo y vegetación salvaje del Delta– el desafío de enfrentarme con mi fobia: los barcos hundidos. 




Es bastante incomprensible que se arruine tanto el paisaje isleño con estos cacharros que además deben costar sus buenos pesos. ¿No sería posible desarmarlos, fundirlos o arreglarlos, en todo caso, para que sigan su vida sin atormentarme?



Nunca supe por qué me dan tanto escozor los barcos hundidos. Lo mismo me pasa con imágenes de tormentas en el mar y naufragios (desde ya que nunca pude ver Titanic; y La tormenta perfecta podría ser para mí el instrumento perfecto de tortura psicológica). 

Hace poco me dijeron que este miedo era un "trauma de vida pasada" porque había muerto en un naufragio alguna vez.... [Encogimiento de hombros y levantamiento de cejas]. Pero bueno, si eso pudiera ser cierto, casi que lo preferiría, porque siempre temí que se tratara más bien una premonición del futuro y que así terminaría mis días: en medio del sonido y la furia de un mar embravecido. Ya les contaré quién estaba en lo cierto o más bien se enterarán por mi obituario, si hay quién lo escriba. 


Es evidente que tengo un temor a ahogarme que pasa lo racional. Pero eso no me impide adorar el mar y querer zambullirme en cualquier charco de agua que se me ponga delante. Tampoco me impide salir a navegar regularmente. Así que no es la mía una fobia incapacitante. Pero no podría dedicarme a hacer una película sobre un barco hundido como mi amigo Santiago (por más que sea en Tierra del Fuego y me prometan un menú a base de centolla).

Me parece entonces que este asunto que tengo con los barcos viejos y abandonados puede interpretarse de manera metafísica o metafórica (si no es acaso lo mismo, como podría decir Borges). Enfrentarme a ellos, más aún si son muy grandes, es enfrentarme a la pequeñez y fragilidad de la propia vida.



Rota barquilla mía, (que arrojada
de tanta envidia y amistad fingida,
de mi paciencia por el mar regida
con remos de mi pluma y de mi espada,

una sin corte y otra mal cortada),
conservaste las fuerzas de la vida,
entre los puertos del favor rompida,
y entre las esperanzas quebrantada; 

sigue tu estrella en tantos desengaños;
que quien no los creyó sin duda es loco,
ni hay enemigo vil ni amigo cierto.

Pues has pasado los mejores años,
ya para lo que queda, pues es poco,
ni temas a la mar, ni esperes puerto.

Lope de Vega (Rimas humanas, 1609)