La tira de Liniers que usa hoy Aaoiue para su blog, además de encantarme como suele hacer Liniers (aunque ésta no lo había visto antes), me recordó otra situación vivida en Chile. Con caracol, viaje y transporte.
Así fue la cosa: abandonamos esa mañana la soñada vista de nuestra cabaña en Pucón, para emprender el viaje de tres días hasta Buenos Aires.
Y en la primera escala técnica descubrí que llevábamos un alien, el quinto pasajero, en este caso.
Un caracol se había adosado al auto y quién sabe cómo había podido recorrer sano y salvo los primeros kilómetros entre el lago y la ruta internacional. Pero allí estaba, no había podido subirse más que en el estacionamiento de las cabañas, que era muy florido y vegetal, hábitat ideal para caracoles (digo yo intentando pensar como uno de ellos).
Con esa mentalidad, entonces, supe que no iba a pasarlo bien si caía ahora en medio del asfalto y el cemento. Moriría cruelmente aplastado por automovilistas desalmados y faltos de visión microscópica.
De modo que, dejando de lado burlas de algún miembro del clan familiar –el único masculino, para más datos, pero no me sacarán su nombre–, actué primero como reportera: desenfundé mi cámara y registré el momento. Y luego, como conservacionista dedicada: lo despegué con dulzura del chasis y lo conduje bonitamente a un pequeño vergel donde imaginé que podría estar a gusto a pesar de sus reducidas dimensiones. Del vergel, claro está. Aunque también del caracol, porque sus tamaños respectivos son al fin y al cabo complementarios.
Ahora, a la luz de las sabias palabras de Liniers, me pregunto si actué bien. ¿Habrá quedado contento mi caracol chileno con la meta que le hice alcanzar?

