…si lo que es más preciado se esconde y lo más vil se deja expuesto,
¿acaso no es evidente que la sabiduría que se prohíbe ocultar es más vil que la locura que se manda esconder?
Erasmo, Elogio de la Locura
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6 may 2011

Antes de que el verano nos abandonara



A principios de abril el otoño nos regaló todavía unos últimos días de calor.





 Practicamos nuestras actividades preferidas (¿o debería decir sólo  "acostumbradas"?):
 charla con amigos, alimentación copiosa, observación  de niñas...







 ... y observación de aves. 

(Un dato incontrovertible: las aves reclaman menos cosas que las niñas. De modo que todavía no sé por qué no las llevamos a casa y dejamos a las niñas que pastoreen libremente en la naturaleza; una vez por semana podríamos ir simplemente a observarlas...) 







  
Una de las cosas que más me gustan del otoño en Buenos Aires es que a veces se olvida de que sirve de anuncio al invierno y recuerda al verano con más cariño. Aunque con un sol más amable y un calor menos bochornoso.


(Fotos de Diego Landro en la Isla Nazar Anchorena del Club Náutico San Isidro)

3 jul 2010

Rota barquilla mía

Hay fobias para todos los gustos. Conozco –más que bien– a algún hombre valiente y práctico que pierde toda compostura ante la aparición de una cucaracha o insecto semejante. Todos sabemos también de alquien que no puede subirse a un avión. Sin hablar ya de casos extremos como aquellos a quienes les resulta imposible salir de sus casas. O ejemplos ridículos como los que no pueden aguantar ver unos cordones desatados. 

Claro, niveles hay muchos, y desde ya que estoy mezclando simples miedos o desagrados con impedimentos patológicos... Todo para contar cuál es mi propia fobia personal (en respuesta a posibles objeciones de algunas personas cercanas que podrían osar decir con tono burlón "¿sólo UNA?" aclaro que los demás son miedos racionales, objetivos y absolutamente necesarios; que no todos los compartan, habla únicamente de su ignorancia y descuido).

El paseo del último sábado por el río Luján, me deparó –además de casas señoriales, clubes de remo y vegetación salvaje del Delta– el desafío de enfrentarme con mi fobia: los barcos hundidos. 




Es bastante incomprensible que se arruine tanto el paisaje isleño con estos cacharros que además deben costar sus buenos pesos. ¿No sería posible desarmarlos, fundirlos o arreglarlos, en todo caso, para que sigan su vida sin atormentarme?



Nunca supe por qué me dan tanto escozor los barcos hundidos. Lo mismo me pasa con imágenes de tormentas en el mar y naufragios (desde ya que nunca pude ver Titanic; y La tormenta perfecta podría ser para mí el instrumento perfecto de tortura psicológica). 

Hace poco me dijeron que este miedo era un "trauma de vida pasada" porque había muerto en un naufragio alguna vez.... [Encogimiento de hombros y levantamiento de cejas]. Pero bueno, si eso pudiera ser cierto, casi que lo preferiría, porque siempre temí que se tratara más bien una premonición del futuro y que así terminaría mis días: en medio del sonido y la furia de un mar embravecido. Ya les contaré quién estaba en lo cierto o más bien se enterarán por mi obituario, si hay quién lo escriba. 


Es evidente que tengo un temor a ahogarme que pasa lo racional. Pero eso no me impide adorar el mar y querer zambullirme en cualquier charco de agua que se me ponga delante. Tampoco me impide salir a navegar regularmente. Así que no es la mía una fobia incapacitante. Pero no podría dedicarme a hacer una película sobre un barco hundido como mi amigo Santiago (por más que sea en Tierra del Fuego y me prometan un menú a base de centolla).

Me parece entonces que este asunto que tengo con los barcos viejos y abandonados puede interpretarse de manera metafísica o metafórica (si no es acaso lo mismo, como podría decir Borges). Enfrentarme a ellos, más aún si son muy grandes, es enfrentarme a la pequeñez y fragilidad de la propia vida.



Rota barquilla mía, (que arrojada
de tanta envidia y amistad fingida,
de mi paciencia por el mar regida
con remos de mi pluma y de mi espada,

una sin corte y otra mal cortada),
conservaste las fuerzas de la vida,
entre los puertos del favor rompida,
y entre las esperanzas quebrantada; 

sigue tu estrella en tantos desengaños;
que quien no los creyó sin duda es loco,
ni hay enemigo vil ni amigo cierto.

Pues has pasado los mejores años,
ya para lo que queda, pues es poco,
ni temas a la mar, ni esperes puerto.

Lope de Vega (Rimas humanas, 1609)


28 jun 2010

Crisol de razas

Ya sabemos que la Argentina es un "crisol de razas", nos lo dicen desde chiquitos en la escuela. Un crisol que a veces fundió por demás y olvidó sutilezas, pero que al fin y al cabo tal vez fuera necesario para crear una nación en pocos años. No por saberlo deja, de todas formas, de sorprendernos esa mezcla curiosa que encontramos a cada paso.

En las últimas década, quizás como resitencia a la globalización y a estas ventajas que muchos encontraron en acordarse de los pueblos de sus abuelos para conseguir la añorada ciudadanía europea (que más de un caso es cipayismo puro y duro), se ha renovado la conciencia de pertenecer a una comunidad previa a la argentinidad.

Una clara muestra de esto lo descubrimos el sábado pasado paseando por el río Luján y llegando al Tigre más rápido que nunca en el Inquieto (el velero de mi viejo que tiene motor nuevo, quizás no coman mis padres por unos meses, pero la niña de los ojos de mi progenitor no podía quedar desahuciado!).

Cosa notable (ameritaría una investigación que no haré ahora y quizás nunca) es el estilo bastante inglés de la mayoría de las casas antiguas del Tigre. 

Como esta:





(La inclinación de las imágenes podría haber sido corregida, pero es divertido testimonio de que fueron sacadas desde un barco que se movía a la enorme velocidad de 5 nudos :-)

Pero clara muestra de lo que hablaba al principio, ese notable cambalache de nacionalidades, es lo que se ve en esta otra casa.


Estilo inglés, ubicación latinoamericana y...


bandera vasca flameando con orgullo en un lugar bien visible.


Mención aparte merece el majestuoso Tigre Hotel, antiguo lugar de reunión y veraneo de las clases altas porteñas, ahora devenido museo de arte. Su estilo es más bien ecléctico, creo yo.