…si lo que es más preciado se esconde y lo más vil se deja expuesto,
¿acaso no es evidente que la sabiduría que se prohíbe ocultar es más vil que la locura que se manda esconder?
Erasmo, Elogio de la Locura

19 feb. 2010

Araucarias

Volví de la Patagonia Norte fascinada con las araucarias.


Poco sabía de estos árboles increíbles antes. Mi abuela tenía uno enorme en su quinta de La Plata. Los había visto en otros viajes a Neuquén y Río Negro, así que reconocía su figura. Y en los últimos años me preguntaba si aquellos que veíamos en nuestro cruce por el sur de Brasil para llegar a Florianópolis serían los mismos que los patagónicos.


Pero en realidad no sabía nada de nada.

Los bosques de araucarias araucanas o pehuenes sólo se encuentran en unas restringidas zonas del oeste de la provincia de Neuquén y en parte de las Regiones VIII y IX de Chile. Crecen en tierras muy altas (como mínimo a 800 metros sobre el nivel del mar) y dicen que los ejemplares más antiguos pueden llegar a tener mil años.

Hay pehuenes machos y hembras, las flores masculinas polinizan a las femeninas que luego producen una piña enorme cargada de semillas. Esos son los "piñones" que los mapuche aprendieron a cosechar como alimento. Entre otras cosas se hacen harinas con los piñones, se los cocina como las castañas y se usan para destilar una bebida alcohólica. 




Una leyenda muy difundida cuenta cómo se les revelaron a los mapuche las virtudes alimenticias del piñón. De aquí, esta versión:





Cuenta la leyenda que desde siempre, Nguenechén hizo crecer al Pehuén en grandes bosques. Al principio, los nativos, al considerarlo un árbol sagrado, lo veneraban y no comían piñones. Rezaban a su sombra, ofreciéndole regalos: carne, sangre, humo y hasta conversaban con él y le confesaban sus malas acciones. Los frutos los dejaban en el piso sin utilizarlos. 

Ocurrió una vez que, durante varios años en toda la comarca hubo gran escasez de alimentos y los nativos pasaban mucha hambre; morían, especialmente, niños y ancianos. Ante esta situación los jóvenes marchaban del lugar en busca de alimentos: bulbos de amancay, hierbas, bayas, raíces y carne de animales silvestres. Pero todos volvían con las manos vacías. Parecía que Dios no escuchaba el clamor de su pueblo y la gente seguía muriendo de hambre.


Pero Nguenechén no los abandonó..., y sucedió que cuando uno de los jóvenes regresaba al lugar, con afición por no lograr sustento, encontró en su solitario camino un anciano de larga barba blanca que estaba esperándolo. 



-¿Qué buscas hijo? -le preguntó.
-Alimento para mis hermanos de tribu que se mueren de hambre, y por desgracia no he encontrado nada. 
-¡Tantos piñones que ves por el piso bajo los pehuenes!, ¿No son comestibles?. 
-Los frutos del árbol sagrado son venenosos, abuelo -contestó el joven. 

Y el anciano de barba blanca lo miró sonriente mientras le dijo con firmeza: 
-Hijo, de ahora en adelante los recibiréis como un don de Nguenechén. Hervidlos para que se ablanden, o tostadlos al fuego y tendréis un manjar delicioso. Haced buen acopio, guardadlos en silos subterráneos y tendréis comida todo el invierno. 

Dicho esto, el anciano desapareció en la bruma. Y el joven, asombrado, siguió su consejo. Recogió en su manto gran cantidad de piñones y los llevó al cacique de la tribu explicándole lo sucedido. Enseguida se reunieron todos en asamblea, y el jefe contó lo acaecido, hablándoles así:“Nguenechén bajó a la tierra para ayudarnos. Seguiremos sus consejos y nos alimentaremos con el fruto del árbol sagrado, que sólo a él pertenece” 

Enseguida comieron en abundancia piñones hervidos y tostados, y festejaron el acontecimiento con una gran fiesta. Desde entonces desapareció la escasez y todos los años cosechaban grandes cantidades de piñones que guardaban bajo tierra y se mantenían frescos durante mucho tiempo.

Cada día, al amanecer, con un piñón en la mano o una ramita de Pehuén, los mapuche rezan mirando al cielo en rezo elevado a Nguenechén: "A ti de debemos nuestra vida, y te rogamos a ti, el grande, a ti nuestro padre, que no dejes morir a los pehuenes. Deben propagarse como se propagan nuestros descendientes, cuya vida te pertenece, como te pertenecen los árboles sagrados". 



La corteza del pehuén es también muy particular. Su color es grisáceo y parece el caparazón de una tortuga por la forma que van tomando sus capas. Puesta al fuego produce brasas con rapidez, así que es excelente para cocinar. Y con sólo rasparla un poco deja al descubierto un color rojizo que resulta muy atractivo para el tallado.


De pequeños, los pehuenes tienen la forma característica de las coníferas, pero como luego crecen tanto y luchan por alcanzar la mejor porción de luz solar, economizan recursos y van desprendiéndose de las ramas inferiores. Por eso los ejemplares adultos suelen parecer una alta y enorme sombrilla.


No es extraño que éste sea un árbol tan sagrado para los mapuche. Su madera es sumamente útil, les da alimento que pueden almacenar por largas temporadas, brinda naturalmente leña para hacer el fuego y su gran resistencia es un aliciente, todo un testimonio que les dice que es posible sobrevivir en un clima tan inhóspito.


Esa idea de protección casi maternal se cuenta en esta otra leyenda, la del "Pehuén errante":


Cuenta la leyenda que cierta vez una ñiuke (madre india) viendo que el invierno llegaba y su esposo Kalfü-Kir cuya traducción es lagarto azul, no retornaba al calor de su hogar o ruca (choza araucana), rogó a su hijo que lo buscara en todo el valle y más allá de las montañas. El koná o joven provisto por su madre de alimentos y abrigos inició la marcha en ese frío ambiente. 

Un día, por fin, vio un pehuén  y como no podía seguir de largo sin hacerle una ofrenda colgó de unas de sus ramas los zapatos. Prosiguió su marcha y se encontró con una tribu desconocida que, después de recibirlo cordialmente, le robaron lo poco que llevaba y lo ataron de pies y manos para que no pudiese moverse, y quedar expuesto a la furia de nahuel (el tigre).

Su madre que presentía la desgracia, salió a buscarlo, y en el camino encontró los restos de su esposo Kalfü-Kir, por cuya razón se cortó los cabellos que cubrían su frente. Luego prosiguió la búsqueda del muchacho. 

Mientras tanto éste estando a punto de expirar, vio en la lejanía un pehuén y exclamó dolorosamente ¨! Oh, si tú fueras mi madre!, tú bueno y verde árbol de dilatado ramaje! Ñiuke, Ñiuke, ven , ven!

Fue entonces que el pehuén desgarró sus raíces de la tierra y se acercó al muchacho. Lo cubrió con sus ramas, lo defendió de las fieras con sus espinas y alejó la nieve que caía sobre su cuerpo. Poco después, llegó la abnegada mujer y le desató las ligaduras haciéndolo revivir con sus caricias maternales. Agradeció ella al árbol su bondad y no sólo le dejó los zapatos que ya le había ofrendado su hijo, sino que le puso los suyos. 

Entonces emprendieron el viaje de regreso, acompañados por el pehuén hasta donde fue necesaria su protección. Cuando se detuvo, dieron al lugar el nombre de Ñiuke, porque el hijo así había llamado al árbol en su agonía, y según se cuenta, hombres que no conocieron esto cambiaron el nombre y llamaron al lugar Neuquén, algunos nativos lo llamaron Ñudque, pero siempre significa madre.

De las semillas desprendidas, los sabrosos piñones, crecieron árboles que como eran descendientes del árbol sagrado, se multiplicaron tan rápidamente que originaron densos bosques, todos nacidos del árbol madre, que recorrió todo el mundo o Mapu para buscar el otro árbol, el pehuén macho, con el que se sentía emparentado.

2 comentarios:

Aa dijo...

La araucaria siempre estará ligada para mí a El lobo estepario. En Barcelona hay alguna, pero seguro que los mejores ejemplares son los autóctonos y yo no sé si los veré alguna vez.

Julia dijo...

Lo cierto es que no hay nada comparable a esos bosques de araucarias que hay en una pequeña zona de la Patagonia Norte. Yo tampoco las había visto así hasta el verano pasado. Son casi 2.000 km desde Buenos Aires, no es para una escapada de fin de semana...