…si lo que es más preciado se esconde y lo más vil se deja expuesto,
¿acaso no es evidente que la sabiduría que se prohíbe ocultar es más vil que la locura que se manda esconder?
Erasmo, Elogio de la Locura

29 jul. 2011

Interrogantes cervantinos



¿Puede tener que ver la nacionalidad para entender de una u otra forma a Cervantes? Seguramente que sí. Más que la nacionalidad, la cultura donde uno se haya formado, que es lo que cuenta. La pregunta surge de una idea recurrente que vengo teniendo en los últimos tiempos y que, aunque sé que es prejuiciosa y falaz, no consigo sacármela de la cabeza. La digo así a lo bruto y “sin ofender” (como dice mi hija menor antes de despacharse con un comentario tan demoledor como innecesario)… bueno, la idea impropia, corta de miras y discriminadora es la siguiente: que los españoles entienden mal a Cervantes.

Ya sé, ya sé. Miles de objeciones se pueden hacer al planteo mismo de la idea ¿acaso no he compartido buenas interpretaciones con algunos “hispánicos”? Sí, es verdad. Peor aún, ¿acaso he comprobado la forma en que entienden al autor del Quijote cada uno de los nacidos en la Península Ibérica? Desde ya que no. Y por fin ¿acaso creo que yo que entiendo “bien” a Cervantes y que quienes lo leen de diferente manera o piensan distinto lo entienden “mal”? No, no sin duda que no sostengo eso... Pero un poco la verdad que sí…

Todos, en cierta medida, creemos que la manera de leer al autor que estudiamos es la adecuada y que lo que percibimos o analizamos en su obra es la forma correcta de entenderlo. No quiere decir esto que nos creamos infalibles. Pero si creyéramos que nada de lo que decimos tiene relación alguna con la forma en que una obra fue construida o con las ideas que su autor puso en juego al crearla, estaríamos cometiendo una flagrante deshonestidad intelectual. Lo aceptemos o no, si el autor es el dios de su creación, el crítico se piensa un poco como su confesor o su psicólogo (del autor y de la obra). Se equivoca muchas veces, cambia sus ideas con los años y descubre aspectos que antes había dejado pasar sin percatarse. Pero en el momento en que escribe, cree que aquello que dice es la manera correcta de entender al autor y a la obra.

Debería entonces reformular mi idea prejuiciosa y sin meter a todos los españoles en la misma bolsa decir simplemente que algunas personalidades de la crítica cervantina leen a Cervantes de una forma que a mí me parece miope. Bueno, digamos, que no me gusta y no le encuentro fundamento en su obra. Y si hablé de nacionalidades es por el hecho de comprobar cuántas más ideas y enfoques sobre la obra de Cervantes puedo compartir con otros grandes críticos ingleses, estadounidenses y franceses que con tantos compatriotas de Cervantes. Pero es verdad, las generalizaciones son banales e idiotas.


En estos tiempos leí de manera más profunda y sistemática que en veces anteriores los trabajos cervantinos de una ilustre hispanista. Debo confesar que más de una vez la incomodidad fue mayúscula. De hecho la bronca iba creciendo cuanto más me adentraba en sus textos y descubría que el problema para conciliar lo que leía con la realidad de la obra de Cervantes se debía a sus faltas (las de ella) y no a mi sustancial falta de criterio e inteligencia. Me cuesta comprender cómo se le escapan los esenciales guiños cervantinos, la ironía, la ambigüedad, la certeza en la falta de certezas humanas y el descreimiento de las recetas unívocas. La genial manera que tiene Cervantes de caracterizar a sus personajes según las ideas que ellos manifiesten (que es muy distinto de creer que las ideas dichas por un personaje son sin más las del autor, como sabe cualquier estudiante), la transformación de planteos y argumentos semejantes según los géneros que se ponen en juego en cada obra, etc., etc. Pero quizás lo más imperdonable es que sugiera la idea de un Cervantes que persigue el racionalismo y pone límites a la fantasía.

Por suerte después pasé a Forcione. Otros interrogantes irresueltos ¿Por qué sus libros (Cervantes, Aristotle, and the Persiles, 1970; Cervantes and the Humanist Vision: A Study of Four Exemplary Novels, 1983; Cervantes & the Mystery of Lawlessness: A Study of El casamiento engañoso y El coloquio de los perros, 1984) jamás fueron traducidos al castellano? ¿Por qué estos libros de la Universidad de Princeton no se han siquiera vuelto a editar? ¡Con el bien que harían…!

Fue una suerte, porque leer a Forcione siempre me produce una alegría estimulante. Le dan ganas uno de leer más a Cervantes, de sumergirse en el pensamiento, las preocupaciones, conflictos y disputas de su época. En fin, leerlo me da ganas de conversar con Forcione y compartir su lectura de Cervantes. Porque uno siente que él conversa con Cervantes y que se entienden.


Debe ser por esta conjunción de lecturas tan disímiles en todo sentido que se me instaló en la cabeza aquella idea fija y prejuiciosa. Esperemos que se me pase o que pronto alguien me muestre que me equivoco y produzca con sus lecturas de Cervantes lo mismo que me producen E.C. Riley, Alban Forcione, Augustin Redondo, Jean Canavaggio, Mary Gaylord, Ruth El Saffar…

***

Una muestra de Forcione y cómo “nos” entendemos, que habla además de otros interrogantes. ¿Cómo se manifiesta la posición de Cervantes en sus obras? ¿Se le puede adjudicar una postura unívoca sobre las disputas literarias que caldeaban el ambiente artístico de su época? (La autora española lo asocia sin más al neo-aristotelismo y considera como ideas propias de Cervantes los dichos del cura del Quijote…) Forcione, en una nota encantadora, acepta el paralelo que establece Bataillon (Erasmo y España, II, 417) entre el Canónigo de Toledo y don Diego de Miranda, así como también que ambos personajes podrían compartir sus ideas sobre teoría literaria. Sin embargo…

While Bataillon is correct in observing Cervantes’ evident sympathy for the ideals embodied in these two figures, he takes the dangerous step of extracting ideas from Cervantes’ poetic context and fails to observe the delicate irony pervading the contexts in which they appear. The parallels in Cervantes’ use of these figures in fact go beyond those observed by Bataillon. Just as Don Quixote’s account of the Knight of the Lake is juxtaposed to the canon’s statement of literary ideals, so the adventure of the lions is significantly inserted following Don Diego’s description of his life of peace and piety. Admittedly each of these rebuttals is made by a madman and each is to some extent a burlesque of the ideals by which the madman is acting. Nevertheless, as we have shown, Cervantes puts discreet arguments in the mouth of Don Quixote in the former case, and in the latter states as directly as he can his preference for the demented knight to the Caballero del Verde Gabán. Again double-edged parody must be recognized.
It is safer to see Don Quixote’s confrontations with the canon and Diego de Miranda as the confrontations of two radically different modes of thinking that pull Cervantes in opposite directions and find resolution only in his irony, which allowed them to coexist as opposites. On the one hand the normative, or classical, encompassing the great rationalist movements of the Renaissance–in natural philosophy, experimental science, in literary thought, the Aristotelian tradition, in ethical thought, Christian humanism–on the other hand, the vitalistic or mythic, exalting the freedom of the individual’s creative imagination to deny the relevance of the laws of nature, to disregard the normative modes of reason, and to transmute the external world according to its own internal laws. One of the clearest indications of the tension between the appeals of these modes of thinking in Cervantes is the consistently ambivalent play of his various narrators with what represents the flowering of the Renaissance rationalistic tradition in literary matters, the Aristotelian standards of criticism. (Alban Forcione, Cervantes, Aristotle & the Persiles, Princeton, Princeton University Press, 1970, p. 164, nota 61)


Me parece buen ejemplo de cómo escucha el lenguaje cervantino, que se manifiesta de forma compleja y en muchos más lugares que en los meros parlamentos de algunos personajes. En especial aparece en las contradicciones y en la variación de las ideas según los puntos de vista. Sin que eso les quite validez, al contrario: les da más profundidad.

18 comentarios:

Jesús dijo...

A riesgo de caer en el mismo prejuicio del que tan oportunamente te acusas, creo tener un ensayo de respuesta a tu pregunta: «[¿]cómo se le escapan los esenciales guiños cervantinos, la ironía, la ambigüedad, la certeza en la falta de certezas humanas y el descreimiento de las recetas unívocas[?]». He aquí mi respuesta: por qué pedirle a un lebrel como la ilustre aragonesa de nación castellano-manchega (pero por poco, que Molina de Aragón está en el límite de ambos reinos) que no se le escape sin remedio el conejo irónico de la chistera de Cervantes o de cualquier otro es como pedir peras al olmo o un político inmune al coche oficial o un claustro sin envidias. Vamos, que se peca, en primer lugar, de lo que se carece.

Como a ti no se te escapa que lo de categorizar por nacionalidades y ejemplificar con un solo individuo de cada especie es una metodología que solo pudo permitirse con provecho nuestro padre Noé en el arca (y esto por razones de espacio y porque lo del incesto parece que no es aplicable al reino animal), lo dejaremos correr, seguros de que no se ha hecho con intención sino solo ofuscada. Al fin y al cabo, antesdeayer como quien dice los argentinos eran españoles y parece que en la cultura también: nada impide que desde que Videla y compañía mandaron para acá a médicos, abogados, dentistas y psicólogos por decenas de miles, tengamos alguna esperanza de argentinización rampante e inminente. (Parece que a los psicoanalistas, que vinieron por cientos de miles, los deportaban en menos que canta un gallo, por el bien de la patria: una medida que aplaudo).

Ni el guiño, ni la ironía, ni la ambigüedad ni el alivio de luto ni el fundamental agnosticismo de lo unívoco son virtudes que se aprecien para hacer carrera en España, también universitaria. Ni en Francia tampoco, por cierto, y algo me conozco el percal. Las golondrinas de Redondo y Canavaggio no hacen verano gálico. Me alegra que en la Argentina no sea así, aunque no lo sabía.

Julia dijo...

Gracias, Jesús, tu conocimiento del paño de primera mano en esos varios países resulta muy valioso.

Una defensa: desde ya que no me escudo en la práctica que tan bien le concedés a Noé; la cosa es que más bien a lo David –para seguir con los ejemplos bíblicos– me la agarro con un Goliat como escarmiento. De todas formas, verás que con cobardía porque no la nombro... No sea que Google me delate.

Otra aclaración: mi pensamiento prejuicioso e indebido no es un ataque general contra la academia española, grandes filólogos y estudiosos no me dejan mentir. El cortocircuito lo encuentro en especial con respecto a Cervantes.

Y ahora sí, mi única objeción a tus palabras, la única cosa con lo que no estoy de acuerdo, bueno dos en realidad. Primero, no se argentinicen demasiado que hace mal, de verdad, hagamos un justo medio que los dos nos necesitamos; segundo, buenos psicólogos, no "chantas", le vendrían más que bien a la psiquis hispánica, no tengo dudas de eso.

Saludos porteños (¿estás en el Escorial? ¡qué envidia!)

Jesús dijo...

Estoy, estoy: penúltimo día de biblioteca porque, muy hispánicamente, los agustinos de esta real casa vacacionan en agosto. Si algo se te ofrece, ya sabes por donde paro...

Julia dijo...

Gracias, en realidad más que nada quisiera lo intransferible de la experiencia de estar allí, en ese lugar y en ese edificio. De bibliotecas sé tan poco que no podría pedirte nada...

Urzay dijo...

Aunque han pasado unos días, no quería dejar de comentar esta entrada, y ya que es domingo y me da pereza hacer una propia, voy a aprovechar. Me recuerda un poco a lo de Borges cuando en una embajada colombiana le dijeron que Colombia era el único país de América donde se hablaba el español como en España, y contestó que los españoles hablaban mal el español, y ¿qué mérito podía tener hablar como una gente que no había escrito un buen libro en los últimos doscientos años? Evidentemente, toda generalización encierra un error, pero denota al menos una sensación, como dices, y esa sensación la tengo yo también, sin ser filólogo, al leer algunas publicaciones de historia o historia del arte, más relacionadas con mi formación académica. Por poner un ejemplo, hace poco ha salido la biografía renovada que hizo Parker de Felipe II, y no creo que haya ninguna mejor escrita ni documentada realizada por un español, y es un período crucial de nuestra historia. Creo que en esto que comentas hay dos cosas: una, el marco práctico (muy mejorable) en el que se desarrolla la investigación histórica o filológica en España, (al que alude el comentario de Jesús), que no ha contribuido mucho; la otra es el peso que tienen determinados temas, que han llegado a trascender su ámbito para pasar a ser casi señas de identidad cultural. Es más difícil que esos temas, -y Cervantes es un caso ejemplar en esto- se puedan afrontar con la ligereza o la libertad con la que los afrontan quienes no viven en una sociedad que los tiene por tales. Entonces, analizar un detalle, un aspecto parcial, eso vale, contribuye a completar el gran corpus bibliográfico del “loqueseaismo”, pero afrontar con inteligencia una interpretación global, salirse de una ortodoxia muchas veces no escrita, ah, cuidado. No creo que los españoles seamos más idiotas que los demás, simplemente que quizás en Francia, Estados Unidos, Alemania o donde sea no hay esta autocensura previa sobre ciertos temas que en nuestra cultura han llegado a ser parte de la iconografía cultural.
Y después, también, que no tienen por qué ser los españoles quienes mejor escriban sobre Cervantes; en realidad, Cervantes es tan nuestro como de todos los que compartimos la cultura hispánica y la lengua española. Y en el fondo, de todos los que le leen. Del mismo modo que pasa con la literatura contemporánea en español: la opinión de Borges no la comparto enteramente (también fue pour épater etc.) pero casi: evidentemente no encuentro en la narrativa española de los últimos 200 años autores que me gusten más que el propio Borges, Cortázar, Mutis, Rulfo, algunos libros de García Márquez o Vargas Llosa, por decir algunos nombres que aquí tienen tanta presencia como los nacidos a este lado (en realidad más). Otra cosa es la poesía, donde sí veo autores tan buenos.

Julia dijo...

¡Qué gusto, Urzay, que pases por acá y dejes tu huella! Gusto doble además que canalices parte de tus ganas de "bloggear" con esta conversación.

(CONTESTO EN DOS PARTES PORQUE ME DICE BLOGGER QUE EL COMENTARIO SE EXTIENDE MÁS DE LO PERMITIDO ¡IMAGINATE!)

No sé si es necesario que vuelva a resaltar que tengo bien en claro que este pensamiento impertinente que me persigue puede ser muy falaz por esa rampante generalización que nunca lleva a nada bueno (¡no sería buena cultora de Cervantes si sostuviera lo contrario o me negara a descubrir el valor de los casos individuales!)

Borges, como bien decís, se deleitaba mucho causando de espanto de sus interlocutores con ese tipo de latigazos perentorios. Claro que no comparto esos dichos, como tampoco comparto ahora el desembarco arrollador de las organizaciones españolas que se arrogan el poder absoluto para enseñar el castellano como se habla en España en lugares tan absurdos como Brasil ¿No es ridículo que los brasileros rodeados de hablantes latinoamericanos vayan a aprender únicamente las formas castizas del Inst. Cervantes? Pero bueno, ése es otro cantar y además no tengo dudas de que la inteligencia de los estudiantes sorteará las barreras y se enriquecerá con la diversidad.

Para ir al tema central, me parece que es muy cierto que la tradición pesa y que desde la periferia se puede leer de otra forma (otra idea -esa sí central y elogiable de Borges- cuando decía que los argentinos como tantos pueblos nuevos teníamos una gran ventaja para movernos por la tradición cultural: todo podía ser nuestro, porque elegíamos la tradición que se nos diera la gana, teníamos todo el derecho de sentirla nuestra, pero al mismo tiempo muchas menos ataduras que aquellos que eran sus productores originarios). Ese es un punto que tal vez afecte a la forma de lectura que se hace en España de sus clásicos, es comprensible y sucede en mayor o menor medida en todas las culturas. Sin embargo no pasa por ahí mi asombro (o crítica si nos ponemos más virulentos): encuentro excelentes muestras de filólogos españoles sobre sus autores del Siglo de Oro que es lo que conozco un poco más (se me ocurren muchos nombres, pero pongamos dos grandes extremos como Dámaso Alonso o nuestro común "amigo" Pablo Jauralde), incluso la autora que terminó de despertar mis ganas de escribir esta entrada tiene muchísimas páginas fundamentales(verdad es que es muy prolífica)sobre poesía, conceptismo, Gracián, etc., etc.

Julia dijo...

La cosa es ¿qué pasa con Cervantes? Según yo lo percibo desde mi absolutamente sesgada visión, es como si Cervantes no terminara de ser comprendido en lo que para mí es de lo más valioso que tiene: su ironía no destructiva y su inclaudicable posición no autoritaria ni unívoca. No ha sido incomprendido por todos, desde ya, ni mucho menos. Si me permiten seguir con las declaraciones a lo bruto, así como para aclararles esta sensación poco seria de mi parte: es como si Cervantes tuviera un humor inglés que no termina de ajustarse al gusto de algunos españoles. Algunos, claro, que lamentablemente tienen muchas credenciales ahora para escribir sobre su obra, pero en cambio pienso por ejemplo en Galdós que me parece que sacó grandes frutos de su lectura de Cervantes (¡para regocijo de tantos lectores!)

En cuanto a lo que decís de la dificultad de aceptar la novedad de nuevas lecturas, te cuento que me enojé más con la autora de quien hablo cuando descubrí referencias a la obra de Forcione (que se publicó mucho antes) sin tomar ni un ápice de lo que él en sus estudios demuestra de manera muy convincente, pero tampoco sin discutirlo que hubiera sido en todo caso lo esperable. Así por ejemplo, al hablar (de una manera que me parece más que miope) sobre lo maravilloso o sobrenatural en Cervantes una seca nota remite a unas páginas de Forcione ¡en el libro donde de hecho se da por tierra con todo lo que ella está sosteniendo en éste y en asuntos más centrales como la filiación problemática de Cervantes a las teorías literarias neo-aristotélicas!

Bueno, mil perdones por la extensión de esta cháchara. Y más perdones si estos comentarios resultan ofensivos a quienes no corresponde que ofenda. Me doy cuenta de que las generalizaciones al país no son válidas; en cambio mi crítica a la hispanista zaragozana la sigo sosteniendo (y si no la nombro no es tanto por cobardía como le decía en chiste a Jesús, sino porque no veo la necesidad de poner el nombre de quien no se tiene algo bueno para decir sobre ella: las alabanzas se ponen con nombre y apellido, las críticas mejor dejarlas por los hechos no por los nombres)

Pablo Jauralde Pou dijo...

Espero que me perdonéis la vanidad de salir a la palestra como voy a salir, y también por alusiones. Hace algunos años, a finales de los noventa del siglo pasado, creo, me invitaron a un coloquio cervantista en California, en donde me encontré con toda la plana mayor (Moner, Close, Murillo, Frank, A. Cruz, Avalle Arce,....; no recuerdo si estaba Forcione, es posible). Creo recordar que yo era el único español peninsular, por así decirlo. Mi charla trataba de explicar por qué no existía el cervantismo en España. Se publicó en las actas, en un librito de A. Cruz y C. Johnson. Sin embargo, mi perorata daba una explicación de signo contrario a la de Julia: yo pensaba que para el española culto El Quijote no necesita explicarse, de tan cercano vivo y actual que era y ha seguido siendo. Y que en consecuencia, las grandes interpretaciones criticas, con ramificaciones enriquecedoras, procedían de lecturas venidas de fuera.
Todo esto está dicho muy deprisa y de modo muy sucinto, claro.
Me acuerdo que hubo algún tipo de discusión, la normal. Y que me protestaron los discípulos de Avalle-Arce (que estaba allí); y que yo insistí que el exilio (Américo Castro) y el estar fuera era un razón de brotes críticos (pensar en lo que antes era más cercano y natural).
En todo caso, los modos de pensar y leer las obras literarias cambian, desde luego, y esa es una de las razones de que sean clásicos.
Habrá que volver a pensar en todo lo que decís.

Julia dijo...

Tengo que leer la comunicación tuya para tener una idea más clara. Aunque a veces la verdad es que tengo la sensación de que se exacerba en la crítica española de Cervantes que sea tan claro y cercano. Tal vez sea lo mismo que vos decías, pero quizás yo le dé un signo contrario. De todas formas, de uno u otro modo lo importante es que se siga leyendo a Cervantes y que lo que se escriba sobre él dé ganas a más gente de leerlo ¿no?

¿Y a Avalle-Arce cómo lo contamos como cervantista español, argentino o estadounidense? Nació aquí y algo se formó por estos lugares, pero era de familia española, su carrera académica la hizo en EEUU. No importa, sus trabajos cervantinos también son de los que me gustan mucho.

TC dijo...

Julia,

Como un niño pequeño me dijo un barbero que había trabajado en una fábrica de puros en La Habana, que en la fábrica, había sido un lector emplea para leer el Quijote, desde un micrófono a los trabajadores, ya que fabrica cigarros.

Cuando el libro llegó a su fin, el lector podría empezar de nuevo, desde el principio.

Después de haber escuchado esta historia cientos de veces, el barbero cubano lo sabía de memoria.

Así que en mi propia experiencia, yo diría que era un cubano que conoció Cervantes mejor.

Julia dijo...

Tom, I was thinking about you at this exact moment! ¡Qué curioso que justo ahora reciba este comentario tuyo!
Muchas gracias por el comentario y por el relato del barbero cubano. Un beso.

Pablo Jauralde Pou dijo...

Cuando leo a Cervantes me suele parecer obvio lo que pueda escribir "críticamente", es decir, para ir más allá del texto. Desde luego que se puede construir mucho desde El Quijote –como desde Velázquez– precisamente por esa riqueza vital. El problema se va entonces a la famosa "relación critica": si es lo que ya está, huelga; si no es lo que el texto dice, lucubraciones son del crítico.
Gracias por contestar.

Julia dijo...

De acuerdo, Pablo, con respecto a la "relación crítica", pero ¿es tan fácil determinar qué es lo que está en el texto de Cervantes? ¿O te referís a lo que ya está dicho por la crítica? Si es lo segundo, se trata sin duda de lo que me tortura en mi vocación cervantista ¿para qué? ¿qué más decir si tantos ya han hablado aunque otros lo hayan hecho no tan bien?

Puedo respetar las lecturas excéntricas que muestran más del pensamiento del crítico que del texto y su autor, más que nada porque siguen poniendo al texto en movimiento, pero no es lo que me interesa.

Así que, ¿qué resta? No lo sé... Me queda el consuelo de multiplicar las que considero buenas lecturas para que no se olviden y tal vez llamar la atención sobre otras que me parece que arruinan el texto. Tampoco está nada mal ser una divulgadora cuando hay algo tan bueno para divulgar, ¿no?

Pablo Jauralde Pou dijo...

Yo suelo defender ante mis alumnos que hay algo que nunca nadie ha hecho delante del texto que van a leer: leerlo ellos; y ensanchando un poco más la escena, leerlo hoy o en las circunstancias que cada uno lo lee. Ese es ejercicio obligatoriamente único –tienen razón los marxistas, así–. La aventura crítica, luego, se va por otros lados; pero, les vuelvo a decir, también depende sobremanera de sus circunstancias, es "su" crítica. Cuando yo leí vuestras consideraciones arriba, lo pensaba: Julia está interpretando al Quijote como una argentina que, etc.
Y todo es opinable, discutible y quizá incicerto.

Anónimo dijo...

No siendo el Jesús que escribe desde El Escorial y, por tanto, un profano en la materia, aprovecho la frase de Julia:“que lo que se escriba sobre él de ganas a más gente de leerlo” para contar que, con motivo del 400 aniversario de “El Quijote”, una revista de un centro universitario español propuso como “reto” curioso relacionar el libro con las áreas de conocimiento de la Universidad; por este motivo me atreví a escribir un osado artículo, relacionando nada menos que la “Ingeniería Química” con ese texto, que felizmente me publicaron.
Precisamente por la ironía manifiesta en: “… satisfaciendo [don Quijote y Sancho] sus estómagos con más de una fiambrera que los señores clérigos del difunto (que pocas veces se dejan mal pasar) en la acémila de su repuesto traían. (I, 19)”, que le oí hace no muchos años citar de memoria a mi padre comencé a leer “El Quijote” desde el principio, ya que sólo había leído antes algunos capítulos sueltos y versiones infantiles. Poco después se celebró el aniversario citado, por lo que tenía reciente en mi memoria un montón del material que utilicé.
Jesús.

Julia dijo...

Jesús, ingeniero con quien compartimos la amistad común de un arquitecto coronado, ¡qué bueno volver a tener noticias tuyas!
¿Dónde puedo ver el artículo que escribiste? Me interesa ver el enlace con la ingeniería química!
(Sé bueno y pasámelo, mi mail aparece si hacés click en el gato blanco y negro)

Anónimo dijo...

No soy ingeniero; estudié C. Químicas especialidad Industrial que, después de desaparecida por modificada, se convirtió en Ing. Química.
En cuanto al artículo, con mi nombre y mi apellido, Ingeniería Química y Quijote lo encontrarás con facilidad en google.es dentro de un enlace "Revista Ensayos".
Un saludo.
Jesús.

Julia dijo...

Perdón por la confusión de títulos Jesús. Ya encontré el artículo, lo leeré en el fin de semana.
Saludos!