…si lo que es más preciado se esconde y lo más vil se deja expuesto,
¿acaso no es evidente que la sabiduría que se prohíbe ocultar es más vil que la locura que se manda esconder?
Erasmo, Elogio de la Locura

8 jun. 2010

El libro de Ruth y Ten Minutes Older

Hoy a las 18 horas en Sarmiento 2573 se presenta el último libro de Ruth Mehl, El teatro para niños y sus paradojas. Reflexiones desde la platea, Buenos Aires, Instituto Nacional del Teatro, 2010.



Hojeo ahora sus páginas y me reencuentro, entre otras cosas, con su preocupación constante sobre la recepción infantil del teatro. Su propia experiencia es un ejemplo encantador:
Para mí, cada ida al teatro es un ritual. Participo de la ceremonia de obtener mi entrada, mi pase, ingresar con la gente, percibir su respiración, seguir a un guía por un sendero delimitado –a veces alfombrado, a veces pintado de colores, a veces con lucecitas que marcan el camino o advierten sus desniveles– y llegar hasta mi asiento, que es mío por ese rato. Recibo una especie de certificado, una hoja de ruta, un recuerdo (que eso y muchas otras cosas es el programa), me siento, miro a mi alrededor, leo ese papel, escucho la música, los ruidos, la gente que llega y se acomoda, oigo las voces de los niños excitados, preguntando o pidiendo, percibo una especie de respiración, de latido animal de algo que me rodea y se va convirtiendo en una masa compacta que espera impaciente, una ciudad que, junto conmigo, en ese lugar mágico, ese altar, que está a oscuras o cerrado por una cortina que yo sé que se va a descorrer o levantar, o unos bultos o formas misteriosas y quietas que anticipan sin revelar. Entonces me llega el momento de entregar mi complicidad, y me relajo, suelto mis reservas y me preparo para lo que va a pasarme.
El espacio mágico que se crea en la sala para los niños debería hacerlos sentir que comienzan una aventura desde que se sientan en sus butacas. Pero como siempre nos tenía acostumbrados, sus observaciones tienen un alto componente de crítica, en el mejor y más completo de los sentidos: amonestación y guía. 
Por lo que he observado, en general, para los niños ir al teatro es participar de una fiesta. En la infancia los ritos son muy importantes. En el teatro, la ceremonia comienza en la puerta. Este momento suele ser ignorado, dando un mensaje equivocado, por muchas compañías que hacen esperar a los chicos en lugares incómodos, no respetan un orden y crean situaciones de malestar que los llevan inquietos o acelerados hasta el interior de la sala.
Me entero, por sus alabanzas, de la sala del titiritero Sergei Obratzov en Moscú y su concepción integral que ella tanto compartía:
Sergei Obratzov, el gran titiritero ruso, al hablar de cómo tenía su espectáculo montado en la sala de Moscú, destacaba la importancia que para él tenía la manera de recibir a los niños antes del comienzo de su espectáculo. El hall  de acceso era un jardín, con una inmensa pajarera, y una fuente. De ese modo, los niños esperaban en un lugar de fantasía lleno de detalles sugerentes que los iniciaba en la propuesta de aceptar la idea de un viaje mágico. Si bien en este caso era el Estado soviético quien hacía posible emprendimientos de este tenor al financiar la sala y sus producciones –exclusivamente dedicadas a los niños durante todo el año– lo que interesa señalar es la importancia que tiene la manera en que se recibe al espectador y la conciencia de que en los momentos previos a la función también hay códigos y mensajes que el niño procesa.
Y vuelvo a escuchar sus palabras tan acertadas y sabias sobre el niño espectador, cómo se involucra y cómo muestra su participación:
En la mayoría de los casos, cuando los niños disfrutan profundamente de una espectáculo se quedan en silencio rumiando. Es como si no quisieran despertar de la magia, para permanecer en el mundo encantado que se armó en el escenario. No saben lo que les pasa ni qué les gustó más, y menos aún, por qué. (...) La titiritera Mane Bernardo solía contar que en una de las primeras ediciones de la Feria del Libro de Buenos Aires (en esa época se hacía solamamente para adultos) se decidió ofrecer algunos espectáculos para niños y ella fue convocada. Durante una de las funciones, se presentó un ejecutivo de la comisión organizadora de la Feria. Mane cuenta que la sala, colmada, estaba en un silencio total. El buen señor se acercó y le susurró: "¿Pero dónde está la participación?". Y ella contestó: "¿Quiere más participación que este silencio?".
Así es que este primer acercamiento al libro de Ruth recordó inmediatamente el corto de Herz Frank que nos hizo conocer Santiago el año pasado. Allí un niño ruso, posiblemente sentado en una butaca del teatro de Obratzov, es un espectador modelo de una representación de títeres. Sólo vemos su cara, pero no se necesita más. 



¿Conocería Ruth este corto? Seguramente sí. Lamento no haber llegado a preguntárselo. 

2 comentarios:

Aa dijo...

Hola, Julia. Qué certeras reflexiones y propuestas.Siempre me parecieron los momentos que preceden el inicio de una actuación o de un pase de película mágicos. Y ese paso de la luz a la penumbra y luego a la oscuridad, no me parecen cualquier cosa. Los niños confían toda su atención a lo que se les presenta, de una manera radical. Si ya perciben el "mundo real" con todos los sentidos, ¿qué no será de ese otro mundo buscado, invocado, lleno de rituales?
Siempre me gusto algo de los niños: que lo quieren todo y que no quieren nada. Así debe ser.
¡Felicidades por el post!

Julia dijo...

Hola, Aa, muchas gracias. Me alegra que te gustara. El libro tiene un montón de observaciones certeras y encantadoras. Lamento recién leerlo ahora. Ruth nos lo regaló más o menos un mes antes de morir y me hubiera gustado no ser tan tonta y haberlo leído antes para decirle cuánto me gusta... regrets, regrets, regrets!