…si lo que es más preciado se esconde y lo más vil se deja expuesto,
¿acaso no es evidente que la sabiduría que se prohíbe ocultar es más vil que la locura que se manda esconder?
Erasmo, Elogio de la Locura
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23 dic 2011

Ceibos para Navidad






Que nuestras navidades en días calurosos, largos y llenos de sol del hemisferio sur mantengan la imaginería y hasta muchas costumbres importadas del hemisferio norte es, cuanto menos, extraño. Por no decir ridículo y hasta delirante.


Estamos tan acostumbrados que casi no lo notamos, es como algo naturalizado sobre lo que ni se piensa. 



Así es que nuestros chicos tardan en descubrir que toda la nieve, trineos y personajes abrigados que pueblan la ciudad por estas fechas sólo se explican por lo que se está viviendo en la otra parte del mundo y que aquí son sólo una pose. O una campaña de marketing envuelta en un halo de tradición, porque con la fiesta religiosa tampoco tienen nada que ver… 

Pero no importa, nieve por todos lados, navidad viene escrita con copos de nieve y hombres barbudos abrugadísimos en todos los negocios de la ciudad, aunque nos estemos calcinando a 35ºC y lo que se vendan sean bikinis, ojotas y juguetes de playa.



Lo mismo pasa con tantas lucecitas blancas y de colores que quedan muy lindas adornando balcones, techos y calles, pero que aquí recién empiezan a notarse y lucirse después de las 8 de la noche, cuando cae el sol. 

Sin duda que la costumbre de poner velas y luces de colores debe ayudar a sobrellevar las largas noches de invierno, que aquí también tenemos, claro, pero en el momento normal y adecuado para el invierno que –como todos saben– es a mitad del año: junio, julio, agosto… 

¿Cómo a alguien se le puede ocurrir poner el invierno a fin de año, justo cuando uno se está preparando para el solcito y se empiezan a vender jazmines en las florerías? 

¿No es el mundo una locura? 




En fin, no es que me quiera hacer la nac&pop justo ahora (¡Dios me libre!), ni quiera negar el antiguo simbolismo del tradicional árbol navideño, pero cuando veo estos ceibos floridos de combinación cromática tan europeamente navideña, no puedo dejar de pensar que serían un buen adorno para nuestras fiestas rioplatenses. 

Bien coloridos y más autóctonos (y auténticos) que esos pinos plásticos colmados de brillos y adornos artificiales.



Así es que, como regalo de fin de año, me gustaría compartir una receta infantil, quiero decir algo que me enseñaron de chica y en lo que pienso cada vez que veo una flor de ceibo: los patitos de ceibo. Aquí van, paso a paso.


Se toma una flor de ceibo, se le saca la vaina y ya queda listo el cuerpo y la cabeza del patito.


Luego se divide la vaina para formar las alas. A los costados del cuerpo se hacen dos incisiones (la uña del pulgar es el instrumento perfecto).


Se colocan las dos partes de la vaina como alas y queda ya listo un lindo patito que sabe flotar muy bien en aguas tranquilas y sirve para hacer carreras en aguas más movidas.   




El ángulo y lugar exacto donde se coloquen las alas permite cambiar el aspecto y personalidad de nuestra criatura.


 Ahora que lo pienso también podrían ser tortugas marinas ...



Sea como fuere, patito o tortuga, al fin y al cabo, quería que estas imágenes me sirvan para desear a todos una feliz Navidad, con calor, frío, plástico,  ceibos o el adorno y la compañía que más los ponga felices. 



 ¡Paz y amor, amistad y salud, y todos los mejores deseos para estas fiestas!

27 ago 2011

Cotorras, araucarias y jesuitas


Mezclas extrañas, desordenadas y estruendosas. 



Llegamos sobre la hora a la antigua estancia jesuítica de Santa Catalina una de las más grandes en las cercanías de Córdoba capital. Ya terminaba el horario de visita y nos quedamos afuera sin poder recorrerla, espiamos lo que pudimos. Los chicos tenían hambre y estaban "cansados de visitar iglesias".


Una de las cosas que llamó nuestra atención era el alboroto que armaban montones de cotorritas. Sus nidos entretejidos en unas araucarias (creo que no del tipo araucano o patagónico…) podían ser buen ejemplo de esos sincretismos a los que los jesuitas fueron tan afectos. Cotorras anidadas en araucarias en tierras que fueron jesuíticas.


Siempre me gustaron las cotorritas y sus nidos, pero nunca había tenido un zoom para verlos de cerca (y un marido a mano y resignado a fotografiar casi cada cosa sobre la que digo “¡Qué lindo!” –que es mi frase en clave para decir “¡Sacá una foto de eso!”).


Sus nidos son muy divertidos. "Propiamente un conventillo", como diría Catita. No es casual que otro nombre para llamar a las cotorras sea "catitas", son bastante parecidas al personaje de Niní Marshall: alborotadoras, vistosas e intrépidas. Y muy contentas con ellas mismas, I might add.


Aquí se ve de cerca un nido conventillo.


Hay que ver cuántas cotorras que caben ahí adentro.


Dos salen volando quién sabe por qué


y una pobrecita se queda sola…




_______________


Un interrogante, ¿esta otra veleta es una mujer? Buscaremos más información



21 dic 2010

Buenos Aires y el jacarandá (mínima visión)


En noviembre Buenos Aires se pone color violeta por los jacarandás. Ya se están yendo ahora, así que quiero publicar las pocas fotos que saqué para recordarlos.

En octubre, cuando es el tiempo de los lapachos colorados, no tenía nunca una cámara a mano mientras andaba por la calle. Habrá que esperar al año que viene (deseando que el año nos espere a nosotros, claro).

Aquí va entonces un mínimo recorrido por lugares que frecuento. No pretende ser un reportaje completo sobre el esplendor del violeta jacarandá en Buenos Aires (la realidad es mil veces más espectacular), sólo un breve testimonio.

Av. Cabildo al 1500. Se ven los dos lados de la calle flanqueados por violetas sutiles.


Entrada del Jardín Botánico por Plaza Italia. Los jacarandás se combinan con araucarias y palmeras, entre otros.

De más lejos parecen manchones violetas. Cruce de Av. Santa Fe.

Plaza Italia. Giuseppe Garibaldi admira un jacarandá florecido (a su caballo no le interesa)

Av. Cabildo al 300 (mirando de sur a norte). La estela de jacarandás se pierde en el horizonte.

Gran Buenos Aires, La Horqueta. Un cul-de-sac cercado de jacarandás. Se nota la juventud de estos especímenes.

Gran Buenos Aires - La Horqueta. Calle Santa Rita. De un lado jacarandás y de otro no.

Gran Buenos Aires - La Horqueta.
My own private jacarandá.

El jacarandá plantado por mis padres. Detrás se ve el rosa fuerte de la santa rita que trepaba por mi cuarto de soltera.

Me encanta como adornan el cielo, pero también el suelo.

18 mar 2010

Se hace flores de sus penas



Hablábamos el otro día de la ejemplaridad de una flor.

Veo ahora que aquello de hallar enseñanzas escondidas en los objetos, plantas y animales es algo que siento tan natural y propio que me hace dudar sobre qué precede a qué ¿el interés por el simbolismo se debe a alguna afinidad de mi estructura mental con la de esas épocas en que floreció la idea del mundo como libro o es que los años de estar metida en el Siglo de Oro tiñen ya con sus colores mi manera de mirar?


No lo sé. Lo que sí sé es que escuché con espíritu bien predispuesto esta preciosa versión de “El aromo” en un disco de Soledad Villamil (una actriz que me gusta mucho y que además de actuar, canta). Esta milonga  es una colaboración entre Atahualpa Yupanqui y el poeta uruguayo Romildo Risso, con quien compuso también “Los ejes de mi carreta” (que el oído atento de Tamás inmediatamente descubrió semejantes). 



"Soledad Villamil Canta" (Sony Music 2007)

El Aromo
(milonga)
Romildo Risoo - Atahualpa Yupanqui.

Hay un aromo nacido
en la grieta de una piedra.
Parece que la rompió
pa’ salir de adentro de ella.

Está en un alto pela’o,
no tiene ni un yuyo cerca,
Viéndolo solo y florido
Tuito el monte lo envidea.

Lo miran a la distancia
árboles y enredaderas,
diciéndose con rencor:
“Pa uno solo, cuánta tierra.

“En oro le ofrece al sol
pagar la luz que le presta.
Y como tiene de más,
puña’os por el suelo siembra.”

Salud, plata y alegría,
tuito al aromo, la suebra
Asegún ven los demás
dende el lugar que lo observan.

Pero hay que dir y fijarse
como lo estruja la piedra.
Fijarse que es un martirio
la vida que le envidean.

Que en ese rajón, el árbol nació
por su mala estrella.
y en vez de morirse triste
se hace flores de sus penas…

Como no tiene reparo,
todos los vientos le pegan.
Las heladas lo castigan
L’agua pasa y no se queda.

Ansina vive el aromo
sin que ninguno lo sepa.
Con su poquito de orgullo
porque es justo que lo tenga.

Pero con l’alma tan linda
que no le brota una queja.
Que en vez de morirse triste
se hace flores de sus penas.

¡Eso habrían de envidiarle
los otros, si lo supieran !


Como lamentablemente me sucede con tantas obras de Yupanqui, no conocía esta milonga. Pero no nos lamentemos, la suerte es haberlo hallado, más tarde o más temprano. Tal vez es cierto que algunos tesoros se encuentran cuando podemos verdaderamente apreciarlos y esta canción debe ser uno de ellos.

La elocuente imagen de este aromo, hierático y solitario, que lucha por hacerse un lugar en la hendidura de la piedra me hizo recordar alguna araucaria que había visto hacía poco en Neuquén.



Pero especialmente me conmovió el conflicto de miradas e intereses que se juegan en la canción de manera tan poética y precisa. La envidia de los demás que ven al aromo triunfante y glorioso –como muchas veces nos sucede observando las vidas ajenas desde afuera– y la verdad del árbol que se sacrifica y lucha para hacer lo mejor posible en el lugar que le ha tocado en suerte.


Otras dos relaciones acudieron de inmediato. La oda de Machado (ligada indisolublemente al canto de Serrat) a un olmo viejo del Duero, por un lado; y algo más cercano e inmediato: la tira de Tute en La Nación. En los últimos días su personaje Batu se viene haciendo unas preguntas  esenciales.


VIERNES 5 DE MARZO DE 2010



19 feb 2010

Araucarias

Volví de la Patagonia Norte fascinada con las araucarias.


Poco sabía de estos árboles increíbles antes. Mi abuela tenía uno enorme en su quinta de La Plata. Los había visto en otros viajes a Neuquén y Río Negro, así que reconocía su figura. Y en los últimos años me preguntaba si aquellos que veíamos en nuestro cruce por el sur de Brasil para llegar a Florianópolis serían los mismos que los patagónicos.


Pero en realidad no sabía nada de nada.

Los bosques de araucarias araucanas o pehuenes sólo se encuentran en unas restringidas zonas del oeste de la provincia de Neuquén y en parte de las Regiones VIII y IX de Chile. Crecen en tierras muy altas (como mínimo a 800 metros sobre el nivel del mar) y dicen que los ejemplares más antiguos pueden llegar a tener mil años.

Hay pehuenes machos y hembras, las flores masculinas polinizan a las femeninas que luego producen una piña enorme cargada de semillas. Esos son los "piñones" que los mapuche aprendieron a cosechar como alimento. Entre otras cosas se hacen harinas con los piñones, se los cocina como las castañas y se usan para destilar una bebida alcohólica. 




Una leyenda muy difundida cuenta cómo se les revelaron a los mapuche las virtudes alimenticias del piñón. De aquí, esta versión:





Cuenta la leyenda que desde siempre, Nguenechén hizo crecer al Pehuén en grandes bosques. Al principio, los nativos, al considerarlo un árbol sagrado, lo veneraban y no comían piñones. Rezaban a su sombra, ofreciéndole regalos: carne, sangre, humo y hasta conversaban con él y le confesaban sus malas acciones. Los frutos los dejaban en el piso sin utilizarlos. 

Ocurrió una vez que, durante varios años en toda la comarca hubo gran escasez de alimentos y los nativos pasaban mucha hambre; morían, especialmente, niños y ancianos. Ante esta situación los jóvenes marchaban del lugar en busca de alimentos: bulbos de amancay, hierbas, bayas, raíces y carne de animales silvestres. Pero todos volvían con las manos vacías. Parecía que Dios no escuchaba el clamor de su pueblo y la gente seguía muriendo de hambre.


Pero Nguenechén no los abandonó..., y sucedió que cuando uno de los jóvenes regresaba al lugar, con afición por no lograr sustento, encontró en su solitario camino un anciano de larga barba blanca que estaba esperándolo. 



-¿Qué buscas hijo? -le preguntó.
-Alimento para mis hermanos de tribu que se mueren de hambre, y por desgracia no he encontrado nada. 
-¡Tantos piñones que ves por el piso bajo los pehuenes!, ¿No son comestibles?. 
-Los frutos del árbol sagrado son venenosos, abuelo -contestó el joven. 

Y el anciano de barba blanca lo miró sonriente mientras le dijo con firmeza: 
-Hijo, de ahora en adelante los recibiréis como un don de Nguenechén. Hervidlos para que se ablanden, o tostadlos al fuego y tendréis un manjar delicioso. Haced buen acopio, guardadlos en silos subterráneos y tendréis comida todo el invierno. 

Dicho esto, el anciano desapareció en la bruma. Y el joven, asombrado, siguió su consejo. Recogió en su manto gran cantidad de piñones y los llevó al cacique de la tribu explicándole lo sucedido. Enseguida se reunieron todos en asamblea, y el jefe contó lo acaecido, hablándoles así:“Nguenechén bajó a la tierra para ayudarnos. Seguiremos sus consejos y nos alimentaremos con el fruto del árbol sagrado, que sólo a él pertenece” 

Enseguida comieron en abundancia piñones hervidos y tostados, y festejaron el acontecimiento con una gran fiesta. Desde entonces desapareció la escasez y todos los años cosechaban grandes cantidades de piñones que guardaban bajo tierra y se mantenían frescos durante mucho tiempo.

Cada día, al amanecer, con un piñón en la mano o una ramita de Pehuén, los mapuche rezan mirando al cielo en rezo elevado a Nguenechén: "A ti de debemos nuestra vida, y te rogamos a ti, el grande, a ti nuestro padre, que no dejes morir a los pehuenes. Deben propagarse como se propagan nuestros descendientes, cuya vida te pertenece, como te pertenecen los árboles sagrados". 



La corteza del pehuén es también muy particular. Su color es grisáceo y parece el caparazón de una tortuga por la forma que van tomando sus capas. Puesta al fuego produce brasas con rapidez, así que es excelente para cocinar. Y con sólo rasparla un poco deja al descubierto un color rojizo que resulta muy atractivo para el tallado.


De pequeños, los pehuenes tienen la forma característica de las coníferas, pero como luego crecen tanto y luchan por alcanzar la mejor porción de luz solar, economizan recursos y van desprendiéndose de las ramas inferiores. Por eso los ejemplares adultos suelen parecer una alta y enorme sombrilla.


No es extraño que éste sea un árbol tan sagrado para los mapuche. Su madera es sumamente útil, les da alimento que pueden almacenar por largas temporadas, brinda naturalmente leña para hacer el fuego y su gran resistencia es un aliciente, todo un testimonio que les dice que es posible sobrevivir en un clima tan inhóspito.


Esa idea de protección casi maternal se cuenta en esta otra leyenda, la del "Pehuén errante":


Cuenta la leyenda que cierta vez una ñiuke (madre india) viendo que el invierno llegaba y su esposo Kalfü-Kir cuya traducción es lagarto azul, no retornaba al calor de su hogar o ruca (choza araucana), rogó a su hijo que lo buscara en todo el valle y más allá de las montañas. El koná o joven provisto por su madre de alimentos y abrigos inició la marcha en ese frío ambiente. 

Un día, por fin, vio un pehuén  y como no podía seguir de largo sin hacerle una ofrenda colgó de unas de sus ramas los zapatos. Prosiguió su marcha y se encontró con una tribu desconocida que, después de recibirlo cordialmente, le robaron lo poco que llevaba y lo ataron de pies y manos para que no pudiese moverse, y quedar expuesto a la furia de nahuel (el tigre).

Su madre que presentía la desgracia, salió a buscarlo, y en el camino encontró los restos de su esposo Kalfü-Kir, por cuya razón se cortó los cabellos que cubrían su frente. Luego prosiguió la búsqueda del muchacho. 

Mientras tanto éste estando a punto de expirar, vio en la lejanía un pehuén y exclamó dolorosamente ¨! Oh, si tú fueras mi madre!, tú bueno y verde árbol de dilatado ramaje! Ñiuke, Ñiuke, ven , ven!

Fue entonces que el pehuén desgarró sus raíces de la tierra y se acercó al muchacho. Lo cubrió con sus ramas, lo defendió de las fieras con sus espinas y alejó la nieve que caía sobre su cuerpo. Poco después, llegó la abnegada mujer y le desató las ligaduras haciéndolo revivir con sus caricias maternales. Agradeció ella al árbol su bondad y no sólo le dejó los zapatos que ya le había ofrendado su hijo, sino que le puso los suyos. 

Entonces emprendieron el viaje de regreso, acompañados por el pehuén hasta donde fue necesaria su protección. Cuando se detuvo, dieron al lugar el nombre de Ñiuke, porque el hijo así había llamado al árbol en su agonía, y según se cuenta, hombres que no conocieron esto cambiaron el nombre y llamaron al lugar Neuquén, algunos nativos lo llamaron Ñudque, pero siempre significa madre.

De las semillas desprendidas, los sabrosos piñones, crecieron árboles que como eran descendientes del árbol sagrado, se multiplicaron tan rápidamente que originaron densos bosques, todos nacidos del árbol madre, que recorrió todo el mundo o Mapu para buscar el otro árbol, el pehuén macho, con el que se sentía emparentado.