…si lo que es más preciado se esconde y lo más vil se deja expuesto,
¿acaso no es evidente que la sabiduría que se prohíbe ocultar es más vil que la locura que se manda esconder?
Erasmo, Elogio de la Locura

19 abr. 2012

Los cosifluos y la teoría de la relatividad



Me apabulla tanto el paso del tiempo que ni siquiera puedo usarlo como debería.

Hoy no lograba escribir, así que perdí más tiempo mirando los millones de fotos que uno saca y guarda en la computadora. Encontré, entonces, estas figuras que había hecho Cande en el verano cuando le regalaron una cajita de plastilinas. 

Con concentración y velocidad apabullante, en menos de media hora, creó esta multitud de miniaturas, que después Diego bautizó como "cosifluos" en su álbum de fotos.







 




Es tristísimo ver a un caracol

que tenga el feo vicio del alcohol.
Tarda catorce meses
en ir haciendo eses,
desde un palo borracho hasta un farol.


(María Elena Walsh, Zoo loco, 1964.


2 abr. 2012

Anne Elliot, mi Amadís de Gaula



Desde el año pasado me dediqué a disfrutar una de tantas lecturas que no había hecho antes y –con intervalos para no empalagarme– fui leyendo todas las novelas Jane Austen. Claro que había visto montones de adaptaciones en el cine y la televisión (Mr. Darcy se ha fijado en mi mente como Colin Firth y eso no me molesta en lo más mínimo), pero nada se compara al placer de leerla. Las sutilezas, la ironía, el humor –la inteligencia, al fin– de sus observaciones sobre personajes y situaciones que son al mismo tiempo imposibles de creer cercanos y que sin embargo vivimos como propios, me resultó maravillosa.

En las protagonistas de Austen, la preocupación por casarse es siempre parecida, pero asombra la amplia paleta de tonos y matices diferentes con las que pinta a cada una de ellas; al punto de que en cada una su problemática vital parece distinta. Y de hecho lo es.


La semana pasada terminé el ciclo de las grandes obras leyendo Persuasión, novela que Austen no llegó a publicar en vida y a la que según dicen los críticos tampoco llegó a re-corregir, como con las otras. Se nota en esta novela una mirada distinta: la protagonista ya no es tan joven, sino que está a punto de convertirse en una solterona porque perdió una oportunidad anterior y ahora tiene 27 años (¡horror!), tampoco hay aquí ninguna condescendencia con la nobleza, sino todo lo contrario, porque los más ridiculizados son quienes están pendientes de las tiranías del estatus social marcado por la sangre.  

Es verdad que le falta a esta novela la complejidad en la trama que tienen otras como Orgullo y prejuicio, Sensatez y sentimientos o Emma, pero me quedé fascinada con AnneElliot, su protagonista. Mientras tenía el placer de que nos presentaran y disfrutar de su amistad ficcional, volví a pensar en el asunto del último post y del comentario que me había hecho Paula. ¿Con qué tipo de héroes y heroínas nos identificamos? ¿Cómo va cambiando con los años la imagen de nosotros mismos que vemos reflejada en la ficción? No lo sé, pero descubrí que Anne Elliot es mi heroína favorita de Jane Austen.

Lo que pensé con Persuasión es que resulta algo muy distinto identificarse con un personaje que tomarlo como modelo. Creo que muchas de nosotras nos creemos parecidas a Elisabeth Bennet (la protagonista de Orgullo y prejuicio), todas queremos ser tan ácidas, agudas e inteligentes como ella, queremos creer también que sus actitudes y posiciones frente a los demás son las que nosotras mismas tomaríamos en situaciones semejantes. 

No es eso lo que me pasó con Anne Elliot; ella es como quisiera ser. Anne es el modelo perfecto: práctica, sensata, compasiva, útil a los demás, pero nada ingenua y con una mirada crítica admirable para los demás y para sí misma. No estaría nada mal recordar a Alonso Quijano e intentar emular al modelo, con mejor suerte y criterio, eso sí.

Yo, casi a la edad de Anne Elliot yendo en tren hacia Bath donde sucede gran parte de su novela.
 ¡Qué terrible, cuánta juventud pasada!

Hablando de "Anas", todo lo contrario me sucedió con otra lectura nunca hecha hasta ahora, Ana Karenina. A esa Ana desde antes de la mitad de la novela ya quería verla debajo de las vías de un tren. Por suerte Tolstoi cumple y después nos deja terminar la novela con muchas páginas finales sobre el querido Kostia Levin.