…si lo que es más preciado se esconde y lo más vil se deja expuesto,
¿acaso no es evidente que la sabiduría que se prohíbe ocultar es más vil que la locura que se manda esconder?
Erasmo, Elogio de la Locura

26 abr. 2011

Corrigiendo certezas

En el post anterior, decíamos que la única interpretación certera que habíamos alcanzado de este cartel uruguayo era que señalaba un lugar turístico.

 WRONG!

Estuvimos de vuelta por el país hermano -que cada vez disfrutamos y admiramos más- en una playa cerca de Colonia del Sacramento, el encantador balneario de Santa Ana.




Esta vez recorrimos otros caminos y descubrimos que la curiosa señal designa cualquier localidad, sea turística o no. En la ruta pasamos por algunos pueblos muy pintorescos, sí, pero que de turísticos difícilmente podrían tener algo; sin embargo indefectiblemente eran anunciados con el susodicho cartel. 

Es por esto que, nobleza obliga, tenemos que corregir aquellas certezas previas.

De todas formas, sigue la incógnita de por qué se han elegido esos elementos para el cartel. Cualquier interpretación iluminadora será bienvenida.

11 abr. 2011

Señales uruguayas

Hay señales que son comprendidas por todos y que tienen un elocuente poder de convicción. Como ésta que advierte sobre el peligro del piso mojado en un complejo de aguas termales en Daymán, Uruguay.


(Al ver esa imagen uno teme, más que romperse la cabeza, un brazo o la cadera, el espectáculo ridículo que podría ofrecer antes de aterrizar en el piso).

Pero hay otros carteles que resultan más oscuros. Formarán parte de la señalética vial de un país determinado, pero a veces se necesita ser un trujamán para descifrarlos. Bueno, quizás esté exagerando. Es verdad que nos dimos cuenta -después de varios vistos de pasada en la ruta- de que indicaban un lugar turístico; ¿pero cómo se supone que uno debe decodificar todos y cada uno de sus elementos?


Un misterio, si alguien lo sabe, nos encantará que nos ilumine. Por lo que recordamos, en todos los carteles aparecían esos mismos elementos: una casa, una línea curva, un adulto con un niño (¿o un enano?) y una bicicleta.

A mí me hacían acordar a los jeroglíficos renacentistas, esa moda furiosa de los humanistas de copiar lo que, hasta Champollion, se entendía que era el funcionamiento de los jeroglíficos egipcios: sabiduría ancestral representada en imágenes simbólicas. Como los que aparecen en el Sueño de Polifilo (o Hypnerotomachia Polifilii según su título original), el ejemplo que siempre se da para mostrar la extravagancia renacentista en este terreno.


 Se supone que estas dos inscripciones con imágenes quieren decir "La paciencia es ornato y protección de la vida" y "Siempre apresúrate despacio". Evidente, ¿no?


Addenda
Jesús nos habló de unos carteles en Badajoz bien curiosos también. Véanlos. Pavos reales y cuatro idiomas ¿en cuál de ellos hablarán los pavos?  

5 abr. 2011

El Palacio de las Aguas Corrientes





Desde que era chica este edificio me fascina. Tuvo siempre algo de fantástico todo este abarrotamiento de decoración. Como un estilo barroco trasnochado, excedido, reloaded.  




Ahora ya no sé si me sigue gustando por perseverancia, o porque es ya tan extremo el  alejamiento de las líneas puras y tan indiscutible el horror vacui que signa sus principios estéticos, que me causa una sensación a medio camino entre el gusto y el espanto. Pero no, sin duda el gusto gana.



Más allá de todo es extraño pensar que unos hombres de la generación de 1880 imaginaron que así merecía estar recubierto y emplazado el nuevo depósito de agua que abastecería a la ciudad de Buenos Aires. Pero así es. Y esto es el Palacio de las Aguas Corrientes.


La ciudad crecía y crecía, pero el tanque de 2.700 m3 que estaba en parte de la actual plaza Congreso no alcanzaba; se necesitaba mucha mayor capacidad. La manzana de Av. Córdoba, Riobamba, Viamonte y Ayacucho fue el solar elegido, casi en los límites de la ciudad en ese entonces.

Pero muy concientes de la imagen y la estética de la ciudad, los responsables quisieron que el "tanque" no fuera a desmerecer las nuevas construcciones que estaban poblando la zona. Además querían que no quedara oculta la grandiosa obra pública y el gasto que estaban haciendo (unos tanques y metros y metros de cañería no conmovían a nadie). De hecho, el gasto en el palacio en sí fue enorme y muy criticado en su momento.


Lo que nos importa es que finalmente de tanque se pasó a Palacio: este edificio albergó el mayor depósito de agua de toda la ciudad hasta 1915, con 12 tanques distribuidos en su interior con capacidad para 72.000 toneladas de agua potable. 


Como un juego de bloques, un Lego a gran escala, las partes del edificio se trajeron de Inglaterra y aquí se ensamblaron. Un ingeniero sueco y un arquitecto noruego fueron los responsables del diseño y construcción.

No hay duda de que quienes proyectaron el edificio no ahorraron en decoración. La cantidad de ornamentación es descomunal. Los detalles apabullan. Y lo mejor de todo -al menos para mí- es que el edificio no ha perdido su brillo en todos estos años, la mayoría de los materiales tienen un esmalte y un brillo que no se ha deteriorado. Así permanece lustroso como el agua corriente.







Trini tiene razón: 
dijo que esta ornamentación, que se repite en varias aberturas, parece la cara de algún monstruo.















Por suerte, tampoco nos perdimos al gato guardián del Palacio en nuestro safari fotográfico.

Fotos Diego Landro.