…si lo que es más preciado se esconde y lo más vil se deja expuesto,
¿acaso no es evidente que la sabiduría que se prohíbe ocultar es más vil que la locura que se manda esconder?
Erasmo, Elogio de la Locura

27 sept. 2010

Efectos colaterales

Ya sabemos que el arte, o lo estético en general, puede entenderse como aquello no absolutamente necesario para la supervivencia animal del hombre. Es la hipertrofia de sentidos, la acumulación de materiales para un uso no directamente práctico. 

Curioso es comprobar que ciertos caracteres patológicos logran un hecho estético hasta en la forma de tirar la basura.



Además de asombrarme y maravillarme por los efectos colaterales de la obsesión de mi marido por el orden y la limpieza, la imagen me pareció un buen emblema de lo que tiene el arte de excrecencia o de residuo.


22 sept. 2010

Verdades




¿Hacia dónde?


¡Ya lo creo!


Hay lugares que nos hacen cambiar la perspectiva. 
Y ver todo sub specie aeternitatis.
O todo lo contrario.


(Cementerio de La Chacarita, Buenos Aires, septiembre de 2010)

14 sept. 2010

...los que de un flaco leño se confían


Viendo fotos viejas, que mi madre guarda con desastroso celo, me puse a pensar cuántos barcos estuvieron dando vueltas por la vida de mi familia.

En un principio habrá habido barcos que trajeron a mis bisabuelos o tatarabuelos desde Europa hasta aquí. Pero de eso no hay registro fotográfico, al menos que yo sepa. 

Luego están los barcos de los viajes de placer. 

(Mis abuelos maternos y mi tía, 1938)






Me encantan esas fotos por la elegancia que transmiten y que yo agrando en mi imaginación porque no logro comprender del todo cómo será eso de pasarse varios días o hasta un par de semanas a bordo de un barco-hotel (y eso que de chica vi todos los capítulos del Crucero del Amor, pero por suerte esos barcos de mis abuelos no se le parecen).

Los únicos "cruceros" que yo hice fueron en veleros de no más de 9 metros de eslora.


Muy deportivo,


lleno de aventuras,


 en contacto directo con la naturaleza...


e incomodísimo, si quieren mi sincera opinión.


Y eso que ni menciono el "olor a barco" que me da náuseas desde que tengo uso de razón...



Los destinos eran tan esplendorosos como el Delta del Paraná, 

(Amarrado al muelle de este recreo del Delta y casi tapado por él, está el Corsario II, nuestro primer velero.)

o la costa de Uruguay.

(Colonia, Uruguay, el protagonista de esta foto es Cacho, nuestro perro más feo y más querido)


Envidio a mis padres que lo pasan genial en esos viajes que siguen haciendo juntos, descubriendo o redescubriendo lugares increíbles.


Me encantaría que no me incomodara la incomodidad, pero es como pedirle peras al olmo.

No digo que no pueda disfrutar momentos náuticos, que sí lo hago y entiendo bien el gesto de plenitud de mi abuela paterna en esta foto, posando como diva de los años dorados del cine.


Es que las velas, el viento y el agua, cuando están mansos –y a una no la hacen trabajar– son puro placer. Pero la vida en un barco pequeño, bueno... ¡eso ya es otra cosa!






Mi hermano, este verano europeo, también estuvo de crucero. Ya más adulto y con más comprensión del mundo de lo que aquí mostraba, o eso espero...

Un crucero que iba de San Petersburgo a Moscú o viceversa, que es lo mismo. Total, la cosa es que hizo varias veces el viaje, porque tampoco logró ir completamente de pasajero como iban nuestros abuelos. Él y su mujer, pianista, fueron contratados, ¿se ofenderán si digo "como número vivo"? no sé, mejor no lo digo. Fueron como artistas, entonces, para que él cante y ella acompañe con el piano, amenizando las veladas de los pasajeros que sí pagaron su boleto.





Nosotros creo que los últimos viajes en "barco" pagado (es decir no en el Inquieto, el tercer hijo de mi padre) fueron éstos.

(en Mendoza, Argentina)

(en Florianopolis, Brasil)

No compiten en glamour con los viajes de mis abuelos, me temo.

11 sept. 2010

Sombras, nada más...




Sábado 11 de septiembre. Buenos Aires, barrio de Belgrano. A 10 cuadras a la redonda de la nave madre.

4 sept. 2010

Wilmington, North Carolina, 1946

No es por pensar mal, ni por criticar y menos por mirar con superioridad a unos provincianos desde mi lugar de capitalina (por más que mi ciudad capital sea la de un remoto país sudamericano y la suya provinciana sea de una gran potencia), pero qué aburrida que debía ser la vida en Wilmington, North Carolina, el 15 de abril de 1946.



Quizás me equivoque pero no le encuentro otra explicación. ¿Qué otra razón habría para que saliera en la primera plana del diario local la visita de una familia de argentinos? La familia de mi madre, en este caso, que vivió en Estados Unidos del 45 al 50 y aparentemente fue a pasar una semana de vacaciones en Wilmington.







Varias cosas se descubren en la foto de la portada del diario y en la continuación "de la historia" en el interior. Una de ellas es que en el The Wilmington News tenían un corrector para la primera plana pero no otro que se ocupara de esas historias mínimas luego: en la página tres, además de la línea repetida casi al final, los nombres aparecen de cualquier modo. ¿Cómo será que un angloparlante habrá pensado que "Cubiaurre" podía sonar igual que Zubiaurre?

Otra cosa notable es que mi abuelo no las acompañaba en ese viaje y me pregunto cómo se las arreglarían con el idioma, porque mi abuela nunca aprendió a hablar bien inglés, mi tía era la vocera, como dice allí y mi madre de seis años sería algo chica como para comunicar muchas cosas. Supongo que ya entonces hablaría con fluidez: dicen que estuvo muda el primer mes en el colegio porque no sabía nada de nada de inglés y luego se largó a hablar como si tal cosa (ella cree que así se aprenden todos los idiomas, como por ósmosis; por suerte ahora está luchando con el ruso y está descubriendo cómo es la cosa para el resto de los mortales).

También me sorprende lo parecida que está mi madre a mí, hay fotos mías de la misma edad que son idénticas. No sé si yo tendría aquella seguridad y alegría completa que ella muestra y que destacan en el diario.



Tendría que encontrar otra foto en la que esté sonriente, pero esta me gusta hoy. Lo que sí compartimos las dos aquí es la mirada que no va hacia el objetivo. ¿Qué estaría mirando ella tan sonriente, mientras mi abuela y mi tía tan compuestas y elegantes miraban hacia donde se suponía que debían mirar? A veces esos gestos pintan por completo a las personas. Como en este caso.



Claro, ahora pienso que otro tipo de gente vería en este hecho del diario provinciano una prueba de la "importancia" de sus parientes, olvidando lo absurdo de la noticia. Pero, para bien o para mal, no soy de ese tipo de gente y sólo me puede causar risa. Y cierta compasión por los de Wilmington (la superioridad capitalina tenía que aflorar por algún lado).

[Recomiendo leer el comentario de Nina, aquí abajo, que tiene un dato esencial para llegar a un final perfecto]